Sunday, 4 December 2011

6. Tic Tac

Es hora de contarle al viento algo que no sepa, dice que está cansado de promesas en vano y de secretos envueltos de miedo que se rompen por el aire rebotando en pedacitos, dejando atrás ecos sordos que alimentan sinsabores.  Hay que dar un paso al frente y olvidarse de pensar primero, y así poder decirle a gritos, que aprendimos a sentir .... viviendo.

Contra todo pronóstico el tiempo no se detuvo ni un momento a descansar, me arrolló con fuerza y en un abrir y cerrar de ojos mis vacaciones, junto con el sol incandescente del verano, se esfumaron sin tiempo apenas de decirnos adiós.

Una vez más, todas las historias vividas se transformaron en unos cuantos recuerdos diluidos en niebla adquiriendo ese tono fantasmal que solemos ponerle a aquello de lo cual fuimos parte y que por falta de medios materiales para poseer una copia tangible de nuestro dia a dia, sin saber cómo, lo guardamos en un rincón de la mente para volver atrás cuando sea, sin tan siquiera  cerrar los ojos, como si de un truco de magia se tratara.

La suerte esta vez me acercó a Londres, dos semanas antes era la opción mas lejana que había tanteado, si es que en realidad en algún momento tuve algo en claro. El caso es que aterricé como de costumbre sin tener apenas nada; un par de noches pagadas en un hotel barato,  una sonrisa nerviosa llena de espectativas y la certeza de que en cuestión de horas encontraría un lugar para vivir que se acomodara a mi presupuesto y necesidades y ya puestos a pedir, que  me recibieran con una gran ceremonia plagada de canapés y flashes de cámaras coloreando el aire. dibujando siluetas sobre las paredes y capturando para siempre el momento de mi asentamiento en la gran ciudad.

Esas horas finalmente fueron dias, y el par de noches en el hotelucho quisieron prorrogarse a una semana de frustracion In crescendo llegando cada noche sin saber a ciencia cierta que iba a pasar conmigo.   La sonrisa con la que llegué, decidí abandonarla en algun vagón de metro después de otra visita más a alguna habitación en ruinas en uno de los mil extremos de la ciudad que recorrí o de haber leido algún contrato sospechoso que dejaban mal parado al inquilino en el 90% de los casos.

Del maravilloso recibimiento esperado mejor ni hablamos, terminé firmando un acuerdo en la parte de atrás de la fotocopia de un articulo de un periódico. Hicee el esfuerzo de plasmar mi nombre de un modo casi ilegible tras comprobar que nisiquiera me pidieron ningún tipo de identificación.   Mientras el Langlord doblaba mi autógrafo en el bolsillo de su camisa, me ponía al tanto de un par de detalles sin trascendencia como que si requería alguna conexión a internet era libre de contratar el servicio por mi propia cuenta y que  en el baño habia una maquina antigua que lejos de ser decorativa, comía monedas de 0.20£ a cambio de 5 minutos de agua caliente.

No era el sitio soñado ni mucho menos, pero ya era algo, significaba descansar un poco de encerrarme en Mc Donalds con el portatil, buscando ofertas de alquileres, apuntando numeros y numeros para luego llamar y escuchar la tipica frase de "ya está alquilado" o  "si me ofreces algo más podemos llegar a un acuerdo".    Se habian acabado momentaneamente las madrugadas para llegar a tiempo al otro extremo de la ciudad y despedirme siempre con las mismas palabras: - "Espera mi llamada".     Creo que intuían que posiblemente era la ultima vez que nos veríamos en la vida y si asi era, por lo que a mi respecta,no se equivocaban.

Mi nuevo hogar fue bautizado irónicamente por mi amigo venezolano como El Palacete, compuesto por cuatro paredes, una cama, una nevera y una ventana con personalidad propia que solia abrirse sola por las noches invitando al invierno a pasar sin mi consentimiento.   Por su parte Londres tardó un poco más en demostrarme que también sabe ser hospitalario, su gente me recibió con el frio que caracteriza al pais pero conforme pasaban los dias, su hielo se iba derritiendo, destapando así ,el calor que pensé que no tenían por dentro y que finalmente los descubría también como humanos. 

El mes que vivi allí me ayudó a ver las cosas de otra forma, a cargarme de paciencia cada vez que salía al encuentro de otra cita con el fin de encontrar una habitación equipada para aguantar la baja temperatura de un Diciembre que asomaba a la vuelta de la esquina.  De gruñirle a la ventana cuando me recordaba la ausencia de calefacción, de resoplar cada mañana cuando un ruido estridente ponía fin a mis 4 minutos de agua y aún así, de sonreirle con algo de nostalgia la mañana que cerré tras de mi su puerta y me fuí para siempre.

 Y después de todo, aqui estoy, en la que es ya la habitación numero 12 en la que resido desde que empecé a ser parte del juego de la vida, encendiéndome un cigarro mientras intento hacer la cuenta de las veces que he intentado dejarlo,  por fin saboreando un trocito de libertad y relajación que necesitaba,  deslizando mis pies entre las sábanas que suelen enredarse como en nudos gigantes, sentado en la nube del presente sintiendome indiferente por lo que venga, deseando no crecer tan rápido, separando estas frases con comas, alejándolas de un punto que ponga fin a su esencia, eludiendo las normas que alguien impuso una vez,  permitiendo que estén unidas,  impidiendo que frenen simplemente porque si,  despreocupandome por ellas, apagando la luz,  y soñando,  antes de irme a dormir                                                                                                                                                                                        



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